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Atrévete a amar
2011-10-23
Recuerdos de Called to love en la JMJ 2011 de Madrid
La ciudad del oso y el madroño, suele vivir por estas fechas de agosto el abandono de sus gentes, que huyen hacia las playas para el disfrute vacacional. Esta ciudad y estas fechas, del 15 al 21 de agosto, fueron las elegidas para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud; albergue amable aunque tórrido para una peregrinación prodigiosa de 450.000 peregrinos, 30.000 voluntarios, y un millón y medio de participantes por libre, incorporados a los actos centrales de la JMJ, presididos por Benedicto XVI y a multitud de actos organizados para dar calidez y acogimiento a peregrinos procedentes de todos los rincones del planeta. Una oferta cultural amplísima permeabilizaba toda la ciudad, sumergida durante esos días en el lema de la Jornada: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”.
En la Plaza de Colón el Pontificio Instituto Juan Pablo II, nos ha ofrecido una propuesta expositiva novedosa y pedagógica: Called to love, Un cuerpo para la gloria de la mano de su Comisario, el P. Juan de Dios Larrú; recorrido expositivo pensado para iniciar un diálogo en profundidad con los jóvenes, contando con la colaboración de los Museos Vaticanos y el patrocinio de “Los Caballeros de Colón. Han trabajado en la elaboración del proyecto dichos Museos, expertos del Instituto en la Teología del Cuerpo, y equipos técnicos para todo el desarrollo expositivo, junto con la Fundación Gift&task y el personal propio del Instituto. La JMJ, por medio de su Departamento de Cultura, ha prestado una eficaz y excepcional colaboración, especialmente en la concesión del espacio, y en el apoyo con un voluntariado magnífico a sumar con los voluntarios del Instituto.
Benedicto XVI en el Escorial, ha subrayarado la centralidad del amor, al dirigirse a la intelectualidad universitaria católica en la JMJ: “No podemos avanzar en el conocimiento si no nos mueve el amor”. Called to love, ha sido una invitación a reconocer esa clave teológica y antropológica que precede a cualquier pregunta.
En el punto de partida, lugar de bienvenida del grupo de visitantes –eran visitas guiadas en grupos de unas 30 personas- Juan Pablo II sale a nuestro encuentro, como maestro humilde que iniciada una pregunta, deja hablar a las inquietudes y deseos humanos. Su pensamiento se hace invitación. “No es más importante, en absoluto, lo que yo os vaya a decir; lo importante es lo que vosotros me digáis”. La invitación se expresa en los cuatro idiomas de la muestra: español, italiano, inglés y francés.
Para facilitar, en el caso de visitas adultas, un tránsito tranquilo por la exposición, se invita a los padres a dejar a sus hijos pequeños en la guardería que se ha habilitado justo en la entrada (han desfilado miles de jóvenes, pero también muchos adultos y familias con hijos pequeños). También ellos van a aprender cosas interesantes como “ayudar a Miguel Ángel a pintar la Capilla Sixtina”.
Una galería fotográfica de la etapa wojtyliana de Cracovia, en Polonia, nos muestra la primera clave de bóveda de este argumento expositivo: Karolj Wojtyla, en ambientes campestres, un Karol en su edad madura, rodeado de jóvenes universitarios. ¿Quién aprende de quién? El mismo dirá que entonces “aprendió a amar el amor humano” y como consecuencia a preguntarse de un modo original sobre la condición humana. Nacía así una concepción teológica, que hoy conocemos como la Teología del Cuerpo. Una imagen final de ese conjunto nos muestra a Juan Pablo II, en sus días finales, rodeado en Roma por las familias nacidas del grupo de jóvenes del Srodowisko creado por él; se le ve exultante en su debilidad, al servicio de una misión: “vosotros sois la luz del mundo, la sal de la tierra”.
¿Qué és Called to love? Es el siguiente paso un audiovisual sugerente, nos proporciona las claves de la visita guiada: “Atrévete a amar” es a modo de despedida del video, el imperativo que abre una puerta de esperanza y llamada a la libertad.
¿Pero quién enseña a los jóvenes a materializar ese impulso, a caminar por esa senda de verdad? Se parte de una propuesta: “Cristo nos enseña a amar. 30 preguntas para acertar en la aventura más importante de la vida”. Una presentación breve del guía da entrada al experto, que de forma ágil, introducirá la senda de las 30 preguntas, algunas de ellas seleccionadas al azar y que van a permitir suscitar el interés, por medio de la exposición sucinta de respuestas y una conclusión dialogada. “El amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo no hay nada que sea más necesario enseñar!... Porque el amor es hermoso, los jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea bello”. Han sido 30 minutos abiertos a los grandes interrogantes de la vida y el amor.
La exposición, para quién se haya sumergido en la Divina Comedia de Dante, recuerda y asemeja a una visita guiada, que se eleva paulatinamente a cumbres desconocidas, ignotas, que finalmente desembocan en el Paraíso, porque el amor es así, hace cosas así. Una chica se retira del grupo sollozando, ¿Qué te pasa? Le pregunta uno de los voluntarios. “No podía imaginar que el amor fuese tan maravilloso”
Nos dirigimos a la zona del Stand, y el guía reclama nuestra atención por el camino hacia un panel fotográfico, “El deseo de una casa”, las imágenes recogidas por Nieves Asensio, han sabido materializar una teología del amor, con textos de Benedicto XVI, desde la originalidad de una casa, que recoge el sentido profundo de la comunión de personas.
Treinta años después de la fecha creación del Instituto -un 13 de mayo de 1981-, en la XXVI Jornada Mundial de la Juventud del 2011, el Instituto Juan Pablo II por primera vez, siendo una institución académica de posgrado, entraba en contacto directo con miles de jóvenes en la Pza. de Colón de Madrid, para aproximar la teología del cuerpo a la juventud interesada en visitar la muestra. Un stand daba cuenta de esta historia y de la propuesta académica propia del Instituto.
Un cuerpo para la gloria, es el broche de oro de la visita. “Un cuerpo para la gloria”, nos narrará en pantalla panorámica la percepción del cuerpo humano en la historia del arte desde los egipcios y su compleja visión de la vida tras la muerte, los griegos con su concepto de perfección y de inmortalidad; los romanos que elevaban a los hombres al estatus de dioses. El enigma del cuerpo durante muchos siglos ha resultado fascinante para las civilizaciones. Desde las cavernas de Lescault y la Venus de Willenberg, el cuerpo y sus capacidades han sido exaltados como sujeto específico del arte. Juan Pablo II percibía cómo estas obras llevan en sí, como escondido, un elemento de sublimación, que conduce al espectador, a través del cuerpo, al entero misterio personal del hombre.
Una narrativa muy directa, traducida en los cuatro idiomas de la JMJ, acompaña al peregrino en esta muestra prodigiosa, e ilumina desde las esculturas seleccionadas el cuerpo y el misterio de la muerte, el logos en el cuerpo de la Grecia Antigua, como lugar de conflicto, como instinto y razón, como esclavo del instinto; Apolo nos muestra la perfección del cuerpo, Afrodita, el amor, entre el deseo y el pudor. Con Roma y el helenismo se nos comunica el cuerpo del sufrimiento en el Laoconte, la fuerza y la apoteosis del hombre en el cuerpo atlético en las termas de Caracalla. La energía en el Torso del Belvedere, hasta llegar a la exaltación del emperador Claudio como Dios.
Al formularse estas preguntas el Cristianismo aporta una gran novedad porque revela el destino del cuerpo. La Capilla Sixtina, llamada por Juan Pablo II ”el Santuario de la teología del cuerpo” nos ofrece la última palabra en nuestro itinerario, en primer lugar en la visión del mundo creado, después en el horizonte del juicio definitivo que revela la verdad de todas las cosas. El Dios cristiano, como nos muestra Miguel Angel, no está asilado del mundo, sino totalmente comprometido con él, como nos muestra la actividad del Creador, al separar la luz de las tinieblas, o crear al hombre a la imagen de Dios.
Miguel Angel va a completar su obra, en la narrativa expositiva, y lo va a hacer con un contraste sublime y definitivo: el cuerpo caído de Adán y Eva, el cuerpo embriagado de Noé, representados en la bóveda de la Sixtina. Dios continúa obrando y ofrece su salvación a través de la carne de Cristo, en la historia de la salvación. En el Juicio Final, Miguel Ángel pinta a María al lado de Cristo, la nueva Eva que nace de su costilla, plenamente asociada al dinamismo del Resucitado.
La exposición concluye a los pies de María, no sin antes recoger las impresiones finales en una zona de actividades, llamada de forma significativa “Called to misión”, y dar ocasión a que los jóvenes dejen una petición manuscrita dirigida a Juan Pablo II que acaba saturando de forma abigarrada todos los espacios de los paneles disponibles, recubiertos de papel. Una última invitación completa la actividad, recortar una mano impresa en papel que se convertirá en flor, para dar lugar a un inmenso florero depositado a los pies de María, que recoge el simbolismo final, expresado por Juan Pablo II: el cuerpo se nos ha dado como una tarea. El Hijo nos da a María, la Madre del amor hermoso, y con Juan Pablo II también entonamos el Totus tuum (todo tuyo) María.
Sólo queda la foto final del grupo, un bello recuerdo de una exposición inolvidable. Más de cuatro mil personas han visitado la Muestra, desde el martes 16 al domingo 21 de agosto, la capacidad máxima que por motivos de seguridad permitía el Centro Fernán González. El programa Called to love ha incluido, además actividades complementarias, como una Vigilia para las Familias, celebrada el viernes 19, al anochecer y presidida por Monseñor Juan Antonio Reig, y la presentación de publicaciones recientes del Instituto, como han sido la edición castellana de “Llamados al amor, teología del cuerpo en Juan Pablo II”, de los autores Carl A. Anderson y José Granados; El destino del eros, del profesor José Noriega, y El amor: introducción a un misterio del profesor Juan José Pérez-Soba. Durante todo el evento de la JMJ una página web (http://calledtolove.com/) ha dado cobertura al evento, habiéndose completado con la participación en las redes sociales de Twenty, Facebook y una aplicación app “Called tol ove” para móviles.
Se nos ha mostrado un “todo” expositivo, que ha reflejado una unidad, la del peregrino que quema etapas de su camino, en busca de esa explosión de luz, que se encuentra por ejemplo en el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, o en la Misa de Cuatrovientos, como despedida final de la JMJ. La muestra de Called to love nos ha mostrado un itinerario-peregrinación, en consonancia con el mensaje para la JMJ 2011 de Madrid, donde el final se convierte en principio de renovación de vida, en una comunión. El peregrino en esta Muestra se ha sentido impresionado, como tuvimos ocasión de ver en múltiples testimonios; ante una invitación a que el corazón descubra el sentido vocacional de la existencia, donde Cristo es el Maestro insuperable y María el camino más seguro para ese discipulado.
Manuel de los Reyes Díaz
2011-09-17
La maduración de la persona en el evento educativo
Las dos grandes reivindicaciones de la cultura ilustrada, la razón y la libertad, han provocado un eclipse o un olvido de la cuestión central: el amor. El problema es que se ha oscurecido el vínculo entre amor y razón, por un lado, y entre amor y libertad, por otro. Por eso el siglo XIX está marcado por una gran lucha, entre el racionalismo (una razón sin amor ni libertad) y el romanticismo (una libertad que no entiende la verdad del amor). Son dos movimientos pendulares que tienen en común una visión deformada del amor, cuya revelación es precisamente la contribución más original del cristianismo.
El eclipse de la verdad del amor como central para la fe ha conducido a Benedicto XVI a escribir su primera encíclica sobre la unidad del amor, Deus Caritas Est. El amor es uno porque tiene una verdad profundamente unitaria, porque es uno su logos (razón o sentido en griego). El Papa recuerda que no se comienza a ser cristiano sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida (DCE, n.1). El amor como acontecimiento interpersonal que sale a nuestro encuentro, pide una respuesta siempre dinámica. Esta respuesta comienza con la recepción progresiva del primer don, que es el amor mismo.
Todo el método educativo cristiano proviene de este novedoso evento de encuentro interpersonal tanto con Dios cuanto con los demás. Por ello, la acción educativa es siempre interpersonal. Se trata de una interacción recíproca entre el educador y el educando. En ella se da asimetría (educador y educando no están al mismo nivel) y una vinculación que se distingue de otras relaciones (es distinta de la que une a dos amigos, a un trabajador con su empleado, a un padre con su hijo, etc).
De este modo, la tarea educativa no consiste únicamente en unos planes abstractos del educador que el educando pone en práctica, ejecutando un programa preestablecido. Ni es tampoco una elección autónoma del alumno que solo ve en el profesor un apoyo instrumental ocasional, como si la relación interpersonal no perteneciera al ámbito de la propia libertad. Esta doble falsificación de la acción educativa, es heredera de la separación racionalista entre razón y afecto, que el romanticismo radicalizó. Se defiende, por un lado, una razón sin afecto: como si para entender el mundo no hiciera falta el sentimiento y el corazón. Y se cree, por otro, en un afecto sin razón: como si no fuera importante entender los sentimientos y descifrar lo que nos quieren decir, su sentido último.
Para superar esta dicotomía, es preciso caer en la cuenta de algo fundamental: lo que el maestro desea no es que el discípulo actúe de un determinado modo, sino que aprenda a construir su vida de una forma plena. Pues cada persona ha de vivir su vida como un drama, en que se va haciendo a sí misma. Solo quien entiende esto evita que la educación sea una tarea técnica o una actividad fundada en recetas que buscan resultados preestablecidos, y no el logro de una plenitud y perfección personales.
De este modo, el horizonte último de la educación es siempre un misterio personal, que se encuentra constantemente inacabado e incompleto, así como abierto a una permanente incertidumbre. En este camino singular e irrepetible que las personas van realizando, el sentido de sus acciones se enmarca en un ámbito comunicativo. Por eso el educador ha de saber adaptarse al ritmo de crecimiento del educando, para que éste vaya descubriendo y realizando su propio camino de maduración personal. En el crecimiento orgánico de las personas juegan un papel singular tanto la temporalidad como la corporalidad. ¿Qué quiere decir que nuestra vida se construye en el tiempo? No se trata solo de que conozcamos ya totalmente la meta y de que hayamos de acercarnos a ella paso a paso; hay que concebir más bien el proceso con un esquema dramático, como una aventura en que entra en juego nuestra libertad.
Juan de Dios Larrú
Fotografía: Nieves Asensio
2011-09-09
La amistad con Cristo en su Espíritu
El Amigo capaz de entregar un amor nuevo es Cristo. De él sabemos que, como Hijo y Esposo, vino a dar plenitud al camino humano. Su vida se convirtió en la plenitud del amor, que supo recibir de su Padre y entregar a los hombres para darles vida.
¿Cómo es capaz Cristo de comunicar su amor? Para responder hay que hablar de otro personaje importante: el Espíritu Santo. El Espíritu es el amor mismo de Dios, que une al Padre y al Hijo; ese Espíritu también es capaz de asociar a los hombres entre sí, de hacer que tengan una misma vida. Por eso, para que el interior del creyente vibre al compás de Cristo, el Amigo este ha de recibir su mismo Espíritu. Por el Espíritu se participa en la obediencia de Cristo al Padre, como Hijo suyo; y en la entrega de Cristo a la Iglesia, como su Esposo. Se entiende ahora la forma en que Cristo ordena los corazones desde dentro: comunica su propio amor, para que reproduzca su imagen en el hombre.
Recuérdese que este Espíritu tiene que transformar los corazones, incluyendo los deseos y emociones del cuerpo. ¿Cómo es eso posible? ¿No es este un Espíritu divino, inmaterial? La respuesta hay que buscarla en Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo hombre y vivió una vida plenamente humana. Antes de entregarnos el Espíritu, él mismo lo recibió en el río Jordán, se dejó guiar por ese Espíritu, que acompañó cada uno de sus pasos por la tierra. Es decir, antes de venir a nosotros, el Espíritu ya actuaba en la vida de Cristo, desde su nacimiento hasta su muerte y resurrección.
¿Por qué es tan importante esta presencia del Espíritu en la historia de Jesús? Un ejemplo nos lo lustrará. Pensemos en el agua formada cuando la nieve se derrite en la montaña. Esta agua es tan pura que resulta imposible beberla: le faltan los minerales que permiten al cuerpo retenerla y asimilarla. Sólo cuando el agua pura pasa entre las rocas de la montaña y poco a poco, absorbe las sales, puede el organismo recibirla y saciar la sed. Del mismo modo, no se puede beber directamente de la fuente del amor de Dios, el Espíritu Santo. Es un agua demasiado pura, que resultaría imposible retener. El agua del Espíritu tiene que pasar primero a través de la vida terrena de Cristo, de su muerte y resurrección. Entonces se convierte en un agua que ha surcado la experiencia humana, como la nieve por las rocas de la montaña, agua que el hombre puede asimilar, para que refresque su caminar por la tierra.
En otras palabras, el amor que el creyente recibe (el Espíritu) es el amor mismo de Jesús, el Hijo y el Esposo, un amor que tiene en sí el sello de las experiencias humanas. Y por eso es un amor capaz de ordenar las distintas esferas de la vida, enseñando a los hombres a ser hijos, esposos y padres. El camino humano del amor es posible si uno se deja modelar por ese amor. El Espíritu Santo revela así una nueva posibilidad de dar forma a los corazones. Como escribe Juan Pablo II: “La redención del cuerpo comporta la institución en Cristo y por Cristo de una nueva medida de la santidad del cuerpo.
Carl A. Anderson y José Granados, Llamados al amor, Teología del cuerpo en Juan Pablo II, Monte Carmelo, Burgos 2011, Cap. VII Punto 4 (Extracto)
Fotografía: Nieves Asensio
2011-09-03
El recuerdo de un hogar
“Familia, ¡sé lo que eres!” Con esta exhortación, Juan Pablo II ha querido animar a la esperanza en un momento de desconcierto. Su exclamación tiene el carácter de la transmisión de una buena noticia. Se trata de la noticias de la familia que debe descubrirse a sí misma para llevar a cabo toda su realidad.
En verdad, la vida familiar ha sido siempre fuente de problemas y casi un término sinónimo de dificultades. Pero, en nuestro tiempo, esto ha llegado hasta el extremo de ser crónico, parece que no puede hablarse de familia sin referirse a la crisis radical que sufre y los terribles obstáculos que se presentan ante cualquier intento de solución. Este hecho es todavía más dramático si tenemos en cuenta que nunca nos podemos referir a la familia como un “fenómeno aséptico” contemplado desde fuera. Esas crisis y dificultades se ven y se viven en la experiencia propia de muchas familias próximas cuyos problemas nos afectan íntimamente. Éste es un principio que hay que tener muy en cuenta cuando nos sorprendemos ante determinados silencios o ataques a la institución familiar, muchos de estos nacen por una situación personal que se quiere justificar o, al menos, defender contra posibles ataques.
Aunque el recuerdo de un pasado más sencillo y ordenado se nos presenta cargado de nostalgia, no parece que se puedan sacar de él los resortes necesarios como para responder al desafío actual.
La consecuencia de esta situación es un cierto desarme ante la gravedad del momento y causa una desilusión en un ambiente pesimista. La buena noticia, de la que hemos partido, siendo nueva, también afecta a la memoria, pero se
trata de un recordar bastante especial. Sí, es necesario tener memoria, pero también aclarar su contenido. En ella no están recogidos sólo los sistemas de ideas que hemos aprendido, sino algo más radical, las experiencias originarias que han sido el sustrato y la luz de todo lo que hemos ido viviendo y aprendiendo. En tales experiencias está contenida la fuente principal de toda experiencia humana.
En el caso de la familia, el papel de las experiencias originarias es fundamental. En su seno se han descubierto, vivido y desarrollado los elementos principales que estructuran toda la vida de un hombre.
En consecuencia podemos formular una primera hipótesis: la esperanza con la que puede afrontar el tema del matrimonio y de la familia no es otra que el recuerdo de un hogar.
No es ésta una mención afectiva sin contenido. En efecto, tal recuerdo del hogar forma parte indudable del modo como un hombre proyecta su propia vida. El olvido de esta realidad es, por tanto, una ruptura con las propias raíces, una fractura de muy graves consecuencias.
Como paradigma de esta verdad, está la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32). Toda ella está estructurada como la vuelta de un hijo a su hogar. Obras cumbres como la Odisea o Peer Gyunt de Ibsen o las distintas versiones de la figura de Ulises que se han dado a luz en nuestro siglo, están fundadas en esa búsqueda afanosa de un hogar tras múltiples corriente errantes. En tal anhelo interior, que hace siempre referencia a un principio, se puede ver la estructura básica de la voluntad humana y de su modo de proyectar la vida.
De este modo, gran parte de la crisis de la familia procede del deseo de una novedad separada de modo radical del pasado. Al partir de un modelo de hombre que “se hace a sí mismo” de modo “independiente”, se rompe la idea de una verdad que pasa de generación en generación. Una verdad transmitida en cuanto ha sido vivida. Así es la verdad de la familia que, a su vez, el hombre está llamado a vivir.
(…)
Creo que no podemos perder este marco de referencia de la “vuelta al hogar” en el momento de afrontar el modo de descubrir la verdad última del matrimonio como una buena noticias, por encima de los múltiples problemas que le asaltan. Hay que ayudar al hombre a iluminar sus experiencias originarias para que no pierda el horizonte de la vidas en las cuestiones fundamentales.
Juan Pérez-Soba Diez del Corral
2011-08-29
Los ojos del corazón
“El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?” (Jr 17,9). La expresión del profeta Jeremías puede causar, a primera vista, un gran desaliento. La realidad del corazón humano está envuelta en el misterio; la dificultad para conocerlo es evidente. Tal peligro se levanta con vigor en nuestros días, y llega hasta el punto de considerar el corazón a la vez ciego e incognoscible.
“Oh, Dios, crea en mí un corazón puro” (Sal 51,12). Esta invocación del salmista indica una clara conciencia de que el corazón humano se encuentra necesitado de una profunda purificación. El vivo sentido de ser pecador le impulsa a suplicar una acción, que lo limpie y lo lave de sus culpas y manchas.
Esta acción divina regenerativa se describe en el profeta Ezequiel con la imagen de un trasplante de corazón: quitar el corazón de piedra y otorgar un corazón de carne (Ez 11,19; 36,26). La esclerosis del corazón, su endurecimiento y rebeldía por el pecado, se han de transformar progresivamente en docilidad del corazón a Dios y sus designios. El corazón endurecido es un corazón oscurecido, embotado (Ef 4,18).
La diferencia y el contraste entre la mirada humana y la divina queda reflejada en la Sagrada Escritura con esta expresión: “El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón” (1 Sam 16,7). Ponerse una careta, llevar una máscara, no conduce sino a una vida inauténtica, de cara a la galería, que además tiende a juzgar a los demás para justificarse. En el Sermón del Monte, Jesús amonesta de este modo al hipócrita: “saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano” (Mt 7,5).
La fragilidad humana se evidencia en esta división entre lo interior y exterior del hombre, que en la Revelación cristiana tiene el nombre de concupiscencia en términos de “codicia de la carne, codicia de los ojos y ostentación de lo que se tiene” (1 Jn 2,16). La concupiscencia de los ojos está en estrecha relación con la concupiscencia del corazón, como pone de relieve Jesús en el Sermón del monte al explicar el cumplimiento pleno del mandamiento “No cometerás adulterio” (cf. Mt 5, 27-29). La concupiscencia es, por tanto, ese “deseo” desordenado que nace en el corazón humano. Como comenta Juan Pablo II a propósito de estos versículos: “el ´corazón` es esta dimensión de la humanidad con la que está vinculado directamente el sentido del significado del cuerpo humano, y el orden de este sentido” (Juan Pablo II 2000: 179-180).
Desde la perspectiva teológica de San Juan, el origen de la concupiscencia no se encuentra en el Padre sino en el mundo. De este modo, como consecuencia del pecado, como fruto de la ruptura de la Alianza con Dios en el corazón humano –en lo íntimo del hombre- el “mundo”, según los relatos del libro del Génesis brota fresco y transparente de las manos del Creador, ha convertido en el “mundo” como fuente y lugar de la concupiscencia, según las palabras de 1 Jn 2, 15-16.
Esta herida alcanza y afecta misteriosamente a Dios. Como exclama el amado en el Cantar de los Cantares: “!Heriste mi corazón!” (Ct 4,9). El hombre hiere las entrañas paternas de Dios con el pecado, porque Dios se ha hecho misteriosamente vulnerable al amar apasionadamente al hombre.
Juan de Dios Larrú
2011-08-24
Educar en el amor
Educar en el amor
La misión de los padres no termina cuando su hijo ha nacido. El fruto de su amor tiene que crecer y ser educado en el seno de ese mismo amor. El hombre y la mujer están llamados a jugar distintos papeles, ambos imprescindibles, en la vida de los hijos.
Karolj Wojtyla supone que la conexión de una mujer con la nueva vida está inscrita en su propio cuerpo. Aparece entonces la conciencia de que esta vida es especial: el hijo tiene una dignidad irreductible a los demás bienes de este mundo, una especial conexión con el Creador mismo. Y así dice la primera mujer, la madre de los vivientes; “He adquirido un hombre con la ayuda del Señor” (cf. Gén 4,1). Preservar esta conexión entre la sexualidad y la fuente primera de la vida es, de hecho, tarea especialmente encomendada a la mujer.
“El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre, se encuentra siempre “fuera” del proceso de gestación y nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia “paternidad” (Mulieris dignitatem, 18). Por la misma razón, esta distancia se convierte en algo imprescindible para la tarea de ser padre. El padre se sitúa en la lejanía, y así da al hijo la posibilidad de que crezca, de que abandone el regazo materno para madurar y adentrarse en la vida. No se trata aquí, por supuesto, de una distancia indiferente: es un espacio abierto en el amor, para que el hijo pueda crecer, caminando por sí mismo en la senda de la existencia.
Van Gogh tiene un cuadro en el que recoge una escena de vida familiar que ilustra esta complementariedad entre padre y madre. Se trata de una niña que está aprendiendo a dar sus primeros pasos. En un lado del cuadro está la madre, que abraza a su hija, mientras que al otro lado, unos metros más lejos, el padre espera con los brazos extendidos para recibir a la pequeña. La obra de Van Gogh ilustra lo que estamos diciendo: cada niño está llamado a recorrer el espacio entre estos dos abrazos, el de la madre que le sostiene desde que entra en la existencia, y el del padre que le espera en la distancia. Notemos que en ambos casos se trata de un verdadero abrazo: cercano el primero, lejano el segundo. Es decir: no hay indiferencia en el padre, sino la apertura que sostiene, protege y ayuda al niño a caminar, confiado en que encontrará el amor paterno a lo largo del camino, mientras crece y madura.
La fecundidad del matrimonio, y la tarea de la educación que hemos descrito hasta ahora, es la participación en la obra del Creador, según lo que Juan Pablo II llama “el sacramento de la redención”. Por su parte, en el “sacramento de la redención”, cuando los esposos se unen en Cristo, se confía a los padres un don que perfecciona su capacidad de dar fruto. Pueden ahora participar del mismo amor fecundo por el que Cristo da vida a cada cristiano. Y por eso no solo cooperan con Dios en dar a luz y educar al niño, sino que han de transmitir también la vida divina que comienza aquí en la tierra y florece en el cielo. Los esposos cristianos se hacen así fructíferos en vida eterna.
Carl A. Anderson y José Granados, Llamados al amor, Teología del cuerpo en Juan Pablo II,Monte Carmelo, Burgos 2011Capítulo VIII Punto 5 (Extracto)
2011-08-21
Entrevista con Mons. D. Enrico Dal Covolo, rector de la Pontificia Universidad Lateranense.
Mons. D. Enrico Dal Covolo, Obispo y Rector de la Pontificia Universidad Lateranense, visita el evento “Called to Love”
Durante la jornada del sábado 20, hemos tenido la suerte de contar con la visita de Mons. D. Enrico Dal Covolo, con el que pudimos conversar unos minutos, durante los cuales nos contó que espera de la JMJ que los jóvenes salgan con una justa escala de valores más exacta, comenzando por Jesucristo que es el criterio fundamental para la justa jerarquía de valores.
Respecto al contenido del programa cultural Called to Love, piensa que “enseñar a amar es el punto fundamental de nuestra enseñanza, y punto central de las catequesis y discursos de estos días”.
2011-08-19
Entrevista con Juan José Pérez-Soba (Madrid, 1964), autor del libro “El amor, introducción a un misterio”.
PREGUNTAS:
¿Qué hay de “misterioso” en el amor?
El amor es el prototipo del misterio. Por una parte nos atrae, no nos es nunca indiferente, por otra nos trasciende. No lo podemos nunca dominar sino que nos conduce más allá de nosotros mismos. Lo hace porque “toca” nuestra intimidad, y la compromete. En el fondo nos revela lo mejor de nosotros mismos.
En cuanto misterio requiere un modo propio de conocimiento: la fe. Creer en el amor, hacerlo lo principal de nuestra vida.
¿Se puede aprender a amar?
En cuanto el amor está llamado a crecer y lo hace en relación a otras personas, requiere todo un aprendizaje apasionante. Lo primero que aprendemos es a elegir un maestro: Cristo es nuestro Maestro en el amor, así lo entendió el beato Juan Pablo II y nos lo legó como misión al P.I. Juan Pablo II. Así se madura en el amor y se aprende a amar en toda circunstancia.
2011-08-19
D. Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba, visita el evento “Called to Love”
Respecto al contenido del programa cultural Called to Love, considera “muy urgente que los jóvenes conozcan el Evangelio del Amor, del cuerpo humano y de la vida”.
2011-08-18
ENTREVISTA JÓVENES
1.- NOMBRE, EDAD: Margarita, 15.
¿De dónde vienes? ¿Grupo, movimiento, parroquia, Diócesis?
Madrid. Amigos de los discípulos de los corazones de Jesús y de María.
2.- NOMBRE, EDAD: ALVARO, 26 DE MADRID.
¿Qué espacio te ha gustado más: las 30 preguntas, la capilla Sixtina, las actividades…?
Lo que más la primera parte, todas la exposiciones gráficas, sobre todo las frases de Juan Pablo II. Se pone de manifiesto un papa muy cercano, entrañable, paternal.
2011-08-17
Los Obispos, los primeros en visitar el evento “CALLED TO LOVE”
D. Jesús Catalá, Obispo de Málaga
D. Jesús Catalá, obispo de Málaga, destaca la formidable experiencia vivida en los DED (Días de la Diócesis) como preparación a la Jornada Mundial de la Juventud. “La Diócesis de Málaga ha acogido a 3.000 peregrinos extranjeros de 40 países con actos a nivel parroquial, arciprestal y diocesano, con vigilias de oración, festivales musicales, etc. En cuanto a la exposición y preguntado si cree que es necesario enseñar a amar a los jóvenes, D. Jesús Catalá cree que es una tarea absolutamente necesaria. “Tengo que decir a los jóvenes que no tengan miedo a la sexualidad, porque la Iglesia habla sin temor del verdadero valor y significado de la sexualidad, y esta enseñanza está perfectamente integrada en su doctrina”, afirmó el prelado.
Javier Salinas, Obispo de Tortosa
Por su parte, D. Javier Salinas, Obispo de Tortosa, espera de la Jornada Mundial de la Juventud un nuevo impulso para la fe, y que se cumpla su lema, es decir, que salgamos todos fortalecidos en la fe.
En cuanto a la exposición “Called to love”, al Obispo de Tortosa le ha parecido muy sugerente y absolutamente necesaria como propuesta para nuestra cultura, para los tiempos que vivimos, para los valores que vivimos. “Presentar el verdadero significado de la sexualidad y de la vocación al amor, que están inscritos ya en el cuerpo, es algo absolutamente necesario, siempre, pero más aún en nuestro tiempo”, ha afirmado D. Javier Salinas.
Joaquín López Andújar, Obispo de Getafe.
D. Joaquín López Andújar, Obispo de Getafe, espera muchísimo de la Jornada Mundial de la Juventud, siendo testigo de los frutos que ya se están cosechando, teniendo en cuenta que son más de dos mil jóvenes voluntarios los que en su diócesis están trabajando. “Estoy seguro de que va a ser un momento especial y de explosión del apostolado de la juventud, sobre todo para aquellos jóvenes que están en la línea fronteriza, con dudas, inquietudes, con una idea confusa e equivocada de la Iglesia; estoy persuadido de que la JMJ les va a abrir un horizonte nuevo, y les va amostrar la imagen de una Iglesia esperanzada”, ha destacado el prelado.
Coincidiendo con sus tres compañeros de visita, D. Joaquín López cree que es absolutamente necesario aprender y enseñar a amar, teniendo en cuenta que uno de los problemas más importantes que tenemos es precisamente esa desfiguración del amor verdadero, llamando amor a cualquier cosa. “Cuando un joven descubre el amor verdadero, siente una alegría grande, y un deseo enorme de vivir ese amor”, ha destacado el Obispo de Getafe. Por este motivo, D. Joaquín entiende que tenemos un gran reto, el de enseñar a amar a los jóvenes, “un amor pleno, puro, que abarca a la persona entera, su cuerpo, su espíritu, sus sentimientos, su emotividad, sus decisiones, un amor que abarca a toda la persona, y por lo tanto es nuestro gran reto conducir a los jóvenes desde su afectividad, al amor, en la vocación al matrimonio o en la otra vocación, la otra forma de vivir el amor esponsal, que es la vida consagrada, las dos vocaciones que beben de la misma Fuente”, ha afirmado D. Joaquín López.
Guy de Kerimel, Obispo de Grenoble.
El Obispo de Grenoble, monseñor Guy de Kerimel espera de la JMJ que los jóvenes se renueven, que descubran la catolicidad de la Iglesia, su apertura, su internacionalidad y que se refuercen en la fe.
“Recomiendo la exposición Called to love sin lugar a dudas. Creo que la exposición responde de forma pedagógica a buenas preguntas, preguntas que son necesarias, como necesario es que verifiquen los jóvenes esas preguntas con las respuestas de la Iglesia”, ha declarado el Obispo de Grenoble después de acerarse a este evento, afirmando que los jóvenes esperan que alguien les enseñe a amar en una época en la que se presenta un amor desfigurado.
2011-08-15
El fin de toda educación es la madurez de la persona
Como sucede en todo camino, lo primero que hay que dejar claro al emprenderlo es el fin del mismo. Haber perdido este fin es la causa principal del desorden que se observa en los ámbitos educativos. Se cambia frecuentemente de sistemas, se promueven constantes correcciones porque nadie afronta el problema de fondo y que tiene que ver con la misma concepción de la educación. En este sentido, la afirmación clave, es que el fin de toda educación es la madurez de la persona y no una ambigua autonomía que dificulta de hecho, si es que no llega a hacer imposible, un verdadero proceso educativo.
Asentar firmemente este principio es absolutamente necesario. No se puede hablar de educación en la afectividad sin tener una idea precisa de lo que significa la madurez humana pues es un elemento esencial de la misma. En cambio una idea formal de “autonomía” aplicada a la educación que ha incidido casi exclusivamente en las capacidades intelectivas para resolver dilemas, ha conducido precisamente a una idea general de que para ello hay que dejar aparte los afectos como si fuera una esfera privada en la que el educador no debe entrar.
Sobre todo, desde esta perspectiva se rompe el vínculo educativo que ha de unir al educador con el educando para que pueda llevarse a cabo la maravilla de la comunicación educativa. Esta fractura producida por una falsa sospecha de que cualquier elemento afectivo tiznaba de paternalismo el ámbito educativo ha llevado a la marginación de los afectos en este proceso como si fuera un material en sí mismo no educable. El fracaso de este modo de comprender la educación es muy manifiesto, aunque no se observen todavía reacciones significativas al respecto. Si se hace visible sobre
todo en los graves problemas afectivos que sufren las personas y que llegan a ser uno de los malestares más notables en nuestra sociedad actual. Las crisis matrimoniales y familiares son consecuencias dramáticas de esta ausencia tan clamorosa en la educación a todos los niveles.
Uno de los aspectos más ostensibles de esta carencia es que se ha olvidado en gran medida el papel central de la amistad para la educación, algo que si tuvo su reconocimiento a lo largo de los siglos. Aquí hay que hablar de amistad tanto en la relación entre el maestro y el discípulo, como en las relaciones entre educandos que se ayudan y animan en un proceso de crecimiento. Nuestros adolescentes tienen dificultades importantes para tener verdaderos amigos y no simplemente una pandilla despersonalizante. Es en la amistad donde se crea el lugar adecuado para la formación de las virtudes que, al fin y al cabo, son las que realizan la madurez afectiva de cada persona. En este sentido, el redescubrimiento de las virtudes desde hace treinta años en la filosofía moral ha podido ofrecer claves muy decisivas para un mejor empeño educativo, de modo muy especial en estos años en los que se configura la intimidad del joven.
Uno de los signos más claros de la importancia de una tal perspectiva es el modo de integrar la temporalidad de la asimilación dentro del proceso educativo. No se ha de considerar solo una sucesión de contenidos en el interior de un plan, sino la percepción de un crecimiento que tiene que ver con la asunción de los significados de excelencia humana. El proceso de una educación afectiva es, al mismo tiempo, personal y comunional, tiene que ver con el propio ejercicio de las responsabilidades y el apoyo en una comunidad de referencia.
Juan José Pérez-Soba
2011-08-13
Aprender el lenguaje del cuerpo en un contexto pansexual
La educación afectiva como educación al amor está en estrecha relación con nuestro cuerpo. La experiencia de la adolescencia pone otra vez de relieve el vínculo entre cuerpo e identidad. En medio de las transformaciones somáticas y de sus continuos desajustes, el adolescente va a buscar su propia identidad como si estuviera, por así decir, “espiando” su propio cuerpo, que le resulta extraño. Delante del espejo, el adolescente oscila entre la euforia y la depresión.
Ambas se corresponden con el culto al cuerpo y el desprecio del mismo, como dos fenómenos que hoy se dan simultáneamente. En el primer caso, el cuerpo tiende a convertirse en el lugar de la satisfacción subjetiva de las necesidades del individuo; en el segundo el cuerpo es sometido y utilizado como un simple objeto a nuestra disposición. Ambas concepciones imposibilitan descubrir su verdadero significado. Cuando se absolutiza el cuerpo, se cae con frecuencia en el narcisismo, en la obsesión por la propia imagen, incapaz de revelar el misterio del hombre; pues este es cuerpo, pero, al mismo tiempo, es más que cuerpo. Cuando se desprecia el cuerpo, se le somete a esclavitud y pierde también su conexión con la persona.
Los fenómenos contemporáneos como el tatuaje, el piercing, el cutting, el brandig, y tantos otros, están en estrecha relación con esta ambigüedad del significado del cuerpo, que resulta tan importante para el adolescente de cara a poder responder a su propia identidad.
Junto a los fenómenos mencionados, constatamos también, en nuestra cultura de la imagen, una cierta obsesión por la figura corporal, que se refleja en el creciente interés por la dietética. Algunas patologías como la anorexia o la bulimia (síndrome caracterizado por accesos de ingestión de comida con sentimiento de pérdida de control de toda capacidad de límite), tienen su origen en la percepción monstruosa del propio cuerpo que tiene el adolescente.
El cuerpo es una maravillosa fuente de sentido, fuente de significado para nuestras experiencias vitales y en él está inscrita nuestra específica vocación al amor, una vocación al don de sí que es preciso aprender continuamente a interpretar (leer) e integrar (escribir). El cuerpo tiene un significado esponsal del que es preciso cobrar conciencia progresivamente para poder madurar desde un amor filial hacia un amor esponsal.
Es de decisiva importancia acompañar a los adolescentes en el descubrimiento y adecuada interpretación de este significado esponsal del cuerpo. Esta vocación a la esponsalidad inscrita en su cuerpo les invita a una entrega de su persona en totalidad, que da sentido a toda la vida.
El cuerpo es –como ha escrito Juan Pablo II- “sacramento primordial”, signo y manifestación visible de una realidad invisible. Es decir, a través del cuerpo se expresa la persona. El cuerpo manifiesta la persona; es, en su visibilidad concreta, epifanía de la persona. Esta capacidad de expresar el amor, propia del cuerpo, es educable, y está llamada a crecer indefinidamente.
En el insondable misterio del hombre, la afectividad y la sexualidad tienen un sentido sagrado, que las trasciende a ellas mismas. Desde este punto de vista el cuerpo posee una dimensión cultural.
Juan de Dios Larrú
2011-08-10
MENSAJE DEL SANTO PADRE
Queridos amigos
Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el 2008. Allí vivimos una gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios actuó con fuerza, creando una intensa comunión entre los participantes, venidos de todas las partes del mundo. Aquel encuentro, como los precedentes, ha dado frutos abundantes en la vida de muchos jóvenes y de toda la Iglesia. Nuestra mirada se dirige ahora a la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid, en el mes de agosto de 2011. Ya en 1989, algunos meses antes de la histórica caída del Muro de Berlín, la peregrinación de los jóvenes hizo un alto en España, en Santiago de Compostela. Ahora, en un momento en que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces cristianas, hemos fijado nuestro encuentro en Madrid, con el lema: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Os invito a este evento tan importante para la Iglesia en Europa y para la Iglesia universal. Además, quisiera que todos los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe, como los que vacilan, dudan o no creen, puedan vivir esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de nosotros.
1. En las fuentes de vuestras aspiraciones más grandes
En cada época, también en nuestros días, numerosos jóvenes sienten el profundo deseo de que las relaciones interpersonales se vivan en la verdad y la solidaridad. Muchos manifiestan la aspiración de construir relaciones auténticas de amistad, de conocer el verdadero amor, de fundar una familia unida, de adquirir una estabilidad personal y una seguridad real, que puedan garantizar un futuro sereno y feliz. Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande. Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello, queríamos salir afuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación. Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz. Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: «sin el Creador la criatura se diluye» (Con. Ecum. Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes, 36). La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio –como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia–, se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.
Por este motivo, queridos amigos, os invito a intensificar vuestro camino de fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de la ciudad de Colosas, es vital tener raíces y bases sólidas. Esto es verdad, especialmente hoy, cuando muchos no tienen puntos de referencia estables para construir su vida, sintiéndose así profundamente inseguros. El relativismo que se ha difundido, y para el que todo da lo mismo y no existe ninguna verdad, ni un punto de referencia absoluto, no genera verdadera libertad, sino inestabilidad, desconcierto y un conformismo con las modas del momento. Vosotros, jóvenes, tenéis el derecho de recibir de las generaciones que os preceden puntos firmes para hacer vuestras opciones y construir vuestra vida, del mismo modo que una planta pequeña necesita un apoyo sólido hasta que crezcan sus raíces, para convertirse en un árbol robusto, capaz de dar fruto.
2. Arraigados y edificados en Cristo
Para poner de relieve la importancia de la fe en la vida de los creyentes, quisiera detenerme en tres términos que san Pablo utiliza en: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Aquí podemos distinguir tres imágenes: “arraigado” evoca el árbol y las raíces que lo alimentan; “edificado” se refiere a la construcción; “firme” alude al crecimiento de la fuerza física o moral. Se trata de imágenes muy elocuentes. Antes de comentarlas, hay que señalar que en el texto original las tres expresiones, desde el punto de vista gramatical, están en pasivo: quiere decir, que es Cristo mismo quien toma la iniciativa de arraigar, edificar y hacer firmes a los creyentes.
La primera imagen es la del árbol, firmemente plantado en el suelo por medio de las raíces, que le dan estabilidad y alimento. Sin las raíces, sería llevado por el viento, y moriría. ¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente, los padres, la familia y la cultura de nuestro país son un componente muy importante de nuestra identidad. La Biblia nos muestra otra más. El profeta Jeremías escribe: «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto» (Jer 17, 7-8). Echar raíces, para el profeta, significa volver a poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida; sin Él no podríamos vivir de verdad. «Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo» (1 Jn 5,11). Jesús mismo se presenta como nuestra vida (cf. Jn 14, 6). Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud. Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo. Se piensa cuál será nuestro trabajo, las relaciones sociales que hay que establecer, qué afectos hay que desarrollar… En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.
Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente en la tierra, así los cimientos dan a la casa una estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos arraigados en Cristo (cf. Col 2, 7), así como una casa está construida sobre los cimientos. En la historia sagrada tenemos numerosos ejemplos de santos que han edificado su vida sobre la Palabra de Dios. El primero Abrahán. Nuestro padre en la fe obedeció a Dios, que le pedía dejar la casa paterna para encaminarse a un país desconocido. «Abrahán creyó a Dios y se le contó en su haber. Y en otro pasaje se le llama “amigo de Dios”» (St 2, 23). Estar arraigados en Cristo significa responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose de Él y poniendo en práctica su Palabra. Jesús mismo reprende a sus discípulos: «¿Por qué me llamáis: “¡Señor, Señor!”, y no hacéis lo que digo?» (Lc 6, 46). Y recurriendo a la imagen de la construcción de la casa, añade: «El que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra… se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente construida» (Lc 6, 47-48).
Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que “cavó y ahondó”. Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino. Acoged con gratitud este don espiritual que habéis recibido de vuestras familias y esforzaos por responder con responsabilidad a la llamada de Dios, convirtiéndoos en adultos en la fe. No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.
3. Firmes en la fe
Estad «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). La carta de la cual está tomada esta invitación, fue escrita por san Pablo para responder a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad de Colosas. Aquella comunidad, de hecho, estaba amenazada por la influencia de ciertas tendencias culturales de la época, que apartaban a los fieles del Evangelio. Nuestro contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas analogías con el de los colosenses de entonces. En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay cristianos que se dejan seducir por el modo de pensar laicista, o son atraídos por corrientes religiosas que les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse seducir por ellas, sencillamente han dejado que se enfriara su fe, con las inevitables consecuencias negativas en el plano moral.
El apóstol Pablo recuerda a los hermanos, contagiados por las ideas contrarias al Evangelio, el poder de Cristo muerto y resucitado. Este misterio es el fundamento de nuestra vida, el centro de la fe cristiana. Todas las filosofías que lo ignoran, considerándolo “necedad” (1 Co 1, 23), muestran sus límites ante las grandes preguntas presentes en el corazón del hombre. Por ello, también yo, como Sucesor del apóstol Pedro, deseo confirmaros en la fe (cf. Lc 22, 32). Creemos firmemente que Jesucristo se entregó en la Cruz para ofrecernos su amor; en su pasión, soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros pecados, nos consiguió el perdón y nos reconcilió con Dios Padre, abriéndonos el camino de la vida eterna. De este modo, hemos sido liberados de lo que más atenaza nuestra vida: la esclavitud del pecado, y podemos amar a todos, incluso a los enemigos, y compartir este amor con los hermanos más pobres y en dificultad.
Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.
2011-08-08
La raíz de la concordia: la metamorfosis del corazón
Hay cosas que se definen por aquello que contienen. Es imposible entender lo que es un cofre si no entendemos lo que es un tesoro: jamás se entendería el porqué de su noble belleza. Pero a la vez todo tesoro requiere un cofre que lo contenga: de lo contrario se dispersaría y perdería su valor. ¿Qué contiene el corazón? Ya hemos visto que contiene sentimientos, esa reacción ante los eventos de la vida: reacciones de tristeza o de alegría, de amor u odio, de esperanza o de desesperación, de pusilanimidad o de audacia. Ahora bien, estas reacciones que sentimos ¿por qué se dan? ¿ante qué reaccionamos? Ocurren siempre, es cierto, ante personas: es tristeza o alegría ante la ausencia o presencia de la persona, amor u odio ante el don que alguien nos da o ante el peligro que supone, etc. Por poco que entendamos nuestros sentimientos, inmediatamente nos damos cuenta de que encierran una intrínseca dimensión interpersonal.
La cosa más significativa es que esos sentimientos ante las personas nos revelan algo estupendo. Siento que esa persona que está fuera, delante de mí, no está solo fuera. Casi como por un prodigio de bilocación, soy capaz de reaccionar ante ella porque está dentro también, ha pasado a habitar en mí.
Los poetas medievales lo expusieron con gran belleza: “como el amado está presente en el amante”. Y la intuición fue después comentada por los teólogos, quienes percibieron la profundidad que comportaba. Y es que sólo cuando la otra persona ha entrado en nuestro mundo interior, en nuestro corazón, se hace significativa.
¿Acaso no nos permiten los sentimientos “reconocer” a quienes amamos? Pero ¿qué es lo que “reconocemos”? Reconocemos que quien está delante y nos habla habita en nuestro interior. Y lo reconocemos porque el corazón late con fuerza, amenazando con estallar.
Este es el gran milagro del amor, que hace posible la bilocación: aquel que está fuera, pasa a habitar dentro, regalándonos una presencia suya que embarga con su perfume. Y, estando dentro, reconocemos que es ese quien nos ha robado el corazón generando en nosotros amor y esperanza, o tristeza u odio.
Nuestro interior no es un mundo cerrado, incapaz de acoger a ningún huésped, condenados a un monólogo continuo. Nuestro interior es vulnerable, capaz de ser impactado. Aún más, es capaz de ser abierto por el otro, quien, sin pedirnos permiso, se introduce en el corazón y desde allí nos avisa de su presencia. El mundo interior de la persona, esto es, el corazón, se constituye por la presencia de otros. El corazón hace referencia a aquello que lo habita, es definido por la presencia de quien nos ama, del regalo de su presencia.
Pero la cosa no termina aquí, porque la presencia del amado en el amante transforma al amante. Lo sabemos bien, pues somos testigos de esta metamorfosis del corazón que ocurre tantas veces en nuestra vida. Quien se enamora cambia de gustos, cambia su aspecto, cambia su alegría, cambia incluso su visión de las cosas. Pero, sobre todo, cambia el corazón. Y es que nuestra interioridad es plasmable, moldeable. Y es precisamente quien nos ama quien nos transforma, quien nos modela por dentro.
José Noriega
2011-08-06
Para unir la fe y la vida
Juan Pablo II llama la atención sobre el peligro de separar fe y vida. Ocurre que, sin apenas notarlo, se tiende a ver la fe como simple añadido a la existencia cotidiana, un adorno del que se podría prescindir. Y así la experiencia religiosa se vuelve un cuerpo extraño que no encaja bien con el puzle que el hombre se afana por recomponer en cada jornada de trabajo o familia. Al observar esta separación, algunos críticos (entre los que destaca el filósofo alemán Nietzsche) han acusado a la revelación cristiana de destruir la felicidad, echando a perder la alegría de la vida, distrayendo la atención hacia un paraíso de ultratumba.
Tal objeción pierde fuelle si la pregunta del hombre se plantea a la luz del amor. En primer lugar, si el amor es el punto de arranque de su búsqueda, el hombre necesita una revelación para recorrer su camino. Pues nadie puede producir el amor por sí mismo, sin el encuentro gratuito con la persona amada y su respuesta libre. Más aún, la revelación del amor ocurre precisamente en medio de las horas corrientes, allí donde cada persona encuentra su mundo y a los otros hombres.
Ahora bien, si el destino vital se juega ante el amor, entonces la venida de una revelación no destruye al hombre, sino que lo abre a la felicidad. Y el cristianismo es precisamente una revelación, que coge al hombre por sorpresa y lo lleva allende sus fronteras. Más aún, la revelación cristiana, como ocurre con la experiencia del amor, sucede precisamente en nuestro aquí y ahora mundanos, pues “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).
Lo que hemos dicho puede resumirse si comparamos dos textos muy importantes para Juan Pablo II. En el primero, el Papa se refiere a la experiencia humana, al vivir nuestro de cada día. Es de su primera encíclica: “El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no se le revela el amor, si no encuentra el amor” (RH 10). El segundo pasaje se halla en los documentos del Concilio Vaticano II y, Juan Pablo II lo citó con frecuencia: “En realidad el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…) Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22). El hombre encuentra su sentido en el amor, dice la primera frase. El hombre encuentra su sentido en Cristo, afirma la segunda. No se contradicen: es que Cristo viene a explicar al hombre quién es él, precisamente revelándole la plenitud del amor.
Benedicto XVI ha subrayado una consecuencia importante de lo dicho: para recibir el evangelio no hay que dejar de lado todo lo bello y precioso que tiene la vida. No hay que decir “no” a la experiencia humana y a la búsqueda de la felicidad. Todo lo contrario: el cristianismo es el camino del amor y, por tanto, el gran “si” a todas las preguntas del hombre y a sus deseos más hondos… Este camino del amor es precisamente el que Benedicto XVI ha propuesto a la Iglesia en Deus caritas est (Dios es amor).
Extracto de la obra de Carl A. Anderson y José Granados Llamados al amor, Teología del cuerpo en Juan Pablo II, Monte Carmelo, Burgos 2011, Introducción Punto 3.
2011-08-04
Entre las esperanzas y la esperanza (II)
Cuando Santo Tomás de Aquino comenta 1Tm 1,1, donde Pablo asegura que Cristo es nuestra esperanza, explica que Él es nuestra esperanza por un doble motivo: primero, para que vayamos a Él, y segundo, porque mediante Él esperamos alcanzar los bienes eternos. Cristo es, de este modo, simultáneamente el mediador de la esperanza por ser el portador de la vida eterna y el fin y la meta de la misma, por ser el destino definitivo de nuestra existencia terrena.
La encíclica Spe salvi evoca dos imágenes, ya presentes en los sarcófagos cristianos antiguos, para mostrar la figura de Cristo como la nueva esperanza de los hombres: la del filósofo que tiene el Evangelio en una mano y en la otra el bastón de caminante, y la del pastor que conoce incluso el camino de la muerte y nos acompaña para atravesarlo. Cristo es el perfecto filósofo porque vive conforme al logos y en unión a él, y el verdadero Pastor porque da la vida por sus ovejas.
Ambas imágenes confluyen en la idea de que Cristo es el Maestro de vida que nos indica el camino de la verdad sobre el hombre. El arte cristiano correlacionó, junto a las dos imágenes del filósofo y el pastor, la figura del orante representado usualmente por una persona en pie con los brazos alzados. Si la oración es el lugar privilegiado de la esperanza, por ser ella misma esperanza en acto, Cristo es el Orante, que vive siempre para interceder a favor nuestro (Hb 7,25). La oración fiel y perseverante de Cristo ante el Padre se convierte en fuente perenne de esperanza para el cristiano. Como afirma bellamente Pascasio Radberto; “Por la mano de la esperanza se tiene a Cristo. Le tenemos y nos tiene. Pero es más grande ser tenidos por Cristo que tenerle. Pues le podemos tener sólo en la medida que nos tiene”.
La invocación a Dios abre a una comunicación íntima con Él y se convierte, de este modo, en el lenguaje de la esperanza. El que ora espera. La pregunta ¿qué podemos esperar? corre, de este modo, paralela a esta otra: ¿qué podemos pedir en la oración? El Padrenuestro, como la oración que Cristo nos enseñó, es la que concentra todo lo que el hombre puede desear. Gracias al Espíritu que hemos recibido, que nos ha sido entregado, nos podemos unir a Jesús en su plegaria para dirigirnos con Él a Dios como Abbà, Padre, objeto último de nuestra esperanza.
El amor de Dios que se derrama en nuestros corazones se convierte así en el garante de una esperanza que no defrauda (Rm 5,5). El Espíritu Santo, “Señor y Dador de vida” es, de este modo, el gran artífice de la esperanza cristiana, pues no solamente es el Paráclito el que nos guía en el camino de la oración, sino también el que va haciendo crecer todo el dinamismo de la esperanza que culmina en la resurrección de la carne.
María, mujer del silencio y de la escucha, la primera que recibió el anuncio de Dios mismo, es el icono de la oración cristiana. Ella es una mujer de esperanza porque cree en las promesas de Dios y espera la salvación de Israel. El ángel Gabriel al presentarse a ella la llama al servicio total de estas promesas. Como afirma Dante en el canto XXXIII de “El paraíso”, María es simultáneamente “meridiana luz de caridad” y “fuente de viva esperanza”. Ella es tan grande que quien desea una gracia y no recurre a ella quiere que su deseo vuele sin alas.
¿Qué podemos esperar? La medida de los deseos humanos no se encuentra en este mundo sino en la vida eterna, y sin embargo esto no supone el abandono o el desprecio de los mismos sino su más alta afirmación. La bienaventuranza es el último bien del hombre (ultimum bonum hominis), aquel bien operable que sacia plenamente el deseo del hombre, pero cuya plena posesión no está a su alcance pues consiste en Dios mismo que trasciende la capacidad del deseo humano. Pero Dios mismo se ha hecho presente en la historia de un modo inaudito enviándonos a su Hijo para nuestra salvación.
Es Cristo quien resuelve la paradoja inscrita en el misterio del hombre y le abre siempre nuevos caminos. Como afirma S. Agustín en el libro de las Confesiones: “toda mi esperanza estriba sólo en tu inmensa misericordia”. Esta dimensión descendente de la esperanza está inseparablemente unida a una dimensión ascendente de la misma, como expresa bellamente S. Buenaventura en un texto de la liturgia de Adviento que recoge J. Ratzinger en su obra Mirar a Cristo:
El movimiento de la esperanza se parece al vuelo de un pájaro, que para volar distiende sus alas todo lo que puede y emplea todas sus fuerzas para moverlas; todo él se hace movimiento y de esta forma va hacia lo alto, vuela. “Esperar es volar”: la esperanza exige de nosotros un esfuerzo radical; requiere de nosotros que todos nuestros miembros se conviertan en movimiento, para elevarnos sobre la fuerza de la gravedad de la tierra, para llegar a la verdadera altura de nuestro ser, a las promesas de Dios. Quien espera debe levantar la cabeza, girando hacia lo alto sus propios pensamientos, hacia la altura de nuestra existencia, es decir hacia Dios. Debe alzar sus ojos para percibir todas las dimensiones de la realidad. Debe alzar su corazón disponiendo su sentimiento por el sumo amor y por todos sus reflejos en este mundo. Debe también mover sus manos en el trabajo... (S. Buenaventura, Sermo XVI, Domenica I Adv.)
Juan de Dios Larrú
2011-08-02
Un amor plenamente humano
El amor conyugal, indica la Humanae Vitae, “es ante todo un amor plenamente humano; es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento, sino que es también, y principalmente, un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se convierten en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcanzan su perfección humana” (HV 9).
El primer aspecto que conviene destacar en este texto del Magisterio de la Iglesia es que el amor conyugal, precisamente por ser humano, abarca todas las dimensiones de la persona –físicas, psíquicas y espirituales- ordenadas e “integradas” según la jerarquía de valores que especifica a la propia condición personal.
Contando con estas dimensiones o “dinamismos”, el amor conyugal tiene como meta la comunión y la relación “de persona a persona” en la que interviene tanto el cuerpo como el espíritu.
Quien logra esta elevación e integración de la sexualidad es, como afirma el Catecismo, la virtud de la castidad: “La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando estás integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer” (Cat. 2237).
Situados en esta perspectiva, no podemos dudar de que “los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen con alegría y
gratitud. La sexualidad es fuente de alegría y de agrado” (Cat. 2362).
Otro aspecto a tener en cuenta al valorar el carácter humano del amor conyugal es la relación entre los sentimientos y la voluntad. En el texto anteriormente referido (HV 9), se afirma que este amor es “principalmente” un acto de la voluntad libre, indicando con ello que amar a alguien es una decisión que, más allá del instinto ciego y del impulso de las pasiones, brota del dominio de sí mismo.
El hecho de que el amor conyugal sea “principalmente” una decisión de la voluntad libre, no significa, en cambio, que no vaya acompañado de otros ingredientes. En concreto hay que hacer referencia, además del instinto sexual, a los sentimientos. Estos ocupan un lugar importante en toda relación amorosa dando lugar a lo que se califica como amor afectivo.
Los sentimientos y la vida afectiva no tienen como objetivo propio los valores sexuales, sino a la misma persona. Por eso no se puede confundir con la simple sensualidad. A diferencia de ésta, los sentimientos son una forma de responder emotivamente ante los valores de la persona entera y ante lo que genera la propia relación. La debilidad de los mismos y de toda la vida afectiva es su carácter subjetivo y ambivalente, que escapa al dominio de la voluntad. Esto no significa que no ocupen un lugar importante en la relación amorosa, ya que dejando aparte otros aspectos, la enriquecen con las diversas expresiones del afecto y la ternura.
Juan Antonio Reig Plá, Obispo de Alcalá de Henares
2011-07-31
Entre las esperanzas y la esperanza
¿Qué podemos esperar? (Spe Salvi 22.24). La pregunta sobre la esperanza no es meramente retórica ni nace solo de un gusto por la especulación y la teoría; por el contrario, se trata de un interrogante profundamente existencial. Por ello, para responder no basta con indicar alguna receta aprendida de memoria ni tampoco es suficiente con acudir a un especialista: es preciso partir de nuestra propia experiencia humana personal.
Pues bien, la primera evidencia que brota con fuerza de nuestra experiencia es que la vida humana está transida de deseos. San Agustín, el gran teólogo del deseo, nos ha ofrecido dos imágenes privilegiadas para acercarnos a esta experiencia de nuestros deseos: la sed y el fuego. Ambas imágenes nos remiten, por un lado, a una carencia y, por otro, a una fuerza ardorosa y ascendente, a una búsqueda dramática que parece transportarnos más allá de nosotros mismos.
La esperanza teológica se inserta en las esperanzas humanas del mismo modo que el deseo fundamental alimenta los deseos particulares. De este modo, la esperanza cristiana es “performativa”, es decir, no sólo notifica sino que también transforma a los hombres y mujeres en personas de esperanza. La gran esperanza no pasaría de ser una ilusión, si no se muestra en la vida concreta otorgando serenidad, gozo, paciencia en las pruebas, perseverancia en los trabajos, determinación para afrontar el futuro como una responsabilidad puesta en nuestras manos. La esperanza que no es operativa no pasa de ser un deseo. Porque estamos salvados germinalmente en esperanza y por la esperanza. La esperanza orienta a la persona a anhelar lo que Dios le promete y que “supera todo deseo” (Is 64,3; 1Co 2,9).
Aprender a vivir la gran esperanza en las pequeñas esperanzas cotidianas que conforman nuestra vida implica saber encontrar el hilo conductor de nuestra existencia. La verdadera esperanza es precisamente ese “hilo” que une el principio, nacido de la elección de Dios y su manifestación al hombre por medio de la vocación y la promesa, con el fin de la misma: alcanzar lo prometido.
Únicamente a partir de la gran esperanza se puede aprender a vivir la temporalidad de nuestra vida. San Juan de la Cruz, siguiendo la tradición agustiniana (“ex memoria spes”) asocia la esperanza a la memoria y la relaciona, por tanto, con el pasado, a diferencia de Santo Tomás de Aquino que la referirá a la voluntad y en modo prevalente al futuro.
El razonamiento de San Juan de la Cruz se funda en que “la esperanza hace en la memoria vacío de toda posesión”. La memoria es una facultad posesiva y conservadora ya que nos permite retener, conservar la presencia de todo lo que nos ha impresionado, interesado o lastimado. Por su parte la esperanza es deseo y espera de Dios como único y sumo bien. El contraste vacío-posesión es, de este modo, característico de la virtud de la esperanza. Dado que la esperanza es de lo que no se posee, vivir en esperanza supone vivir desposeído de todo lo que no es Dios, para dejarle a Él el mayor espacio posible en nuestra vida.
Para vivir a fondo esta relación entre nuestras esperanzas y la gran esperanza, es preciso dirigir nuestra mirada a Cristo, nuestra esperanza (1Tm 1,1).
Juan de Dios Larrú
2011-07-27
EL AMOR, LA CUNA DONDE NACE EL ASOMBRO
Es en la experiencia del amor donde nace el asombro, donde se abre un nuevo camino que conducirá, andando el tiempo a la plenitud. Para Juan Pablo II el encuentro con el misterio tiene lugar en la experiencia del amor. Si hubiera que retratar el asombro ante el misterio de la existencia, podríamos elegir el rostro de un niño cuando descubre los regalos que sus padre le han preparado el día de Reyes; o, mejor, el de una madre que sostiene a su recién nacido por primera vez entre las manos. En realidad, el asombro aparece en nuestra vida solo porque existe el amor. Incluso la maravilla que nace frente a la naturaleza cobra pleno sentido solo porque en el origen de la vida hay una experiencia de amor.
El misterio, entonces, no está lejos de nosotros, sino que lo encontramos en el existir cotidiano, se hace presente de una forma u otra, en la vida de cada persona. Y es que brota de la experiencia del amor, que nos acompaña en modos distintos, del nacimiento a la muerte. Por eso, solo quien experimenta el amor puede encontrar la respuesta a la pregunta por el propio ser; solo así se puede alcanzar la felicidad. “El hombre” –escribía Juan Pablo II en su primera encíclica- “permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor” (RH 109).
¿No es esto algo que todos intuimos, aun veladamente: que el amor es la verdadera sustancia de que se nutren nuestras vidas? El amor se muestra al hombre como una riqueza que le desborda, al tiempo que le revela lo más íntimo de sí. El amor –dice Karol Wojtila- posee el sabor de toda la persona.
Tiene su peso específico. Y el peso de todo su destino. No puede durar solo un instante” (TO 55). Y el amor, toca en efecto, todas las dimensiones de la vida. Se le descubre en el cuerpo, moviendo los instintos y sentimientos. Y, a la vez, posee una dimensión espiritual, que hace percibir la dignidad única de la persona amada y conduce al hombre más allá de sí mismo, hacia la trascendencia, hacia Dios. De este modo el amor resulta ser el hilo conductor que puede unir todos los compartimentos estancos en que la cultura moderna ha dividido la vida humana.
La experiencia del amor, es por tanto, el punto de arranque de la visión del hombre defendida por Juan Pablo II. Aquí tenemos la clave que permite responder desde dentro a la pregunta que cada uno es para sí mismo. Desde aquí pudo el Papa dialogar con el hombre moderno en su propio terreno de juego: el de la experiencia humana, el de la búsqueda de la propia identidad. Pero, a la vez, y este es el toque maestro de Juan Pablo II, a partir de la experiencia del amor evita el aislamiento y subjetivismo hacia el que se desliza el pensamiento contemporáneo. En suma, Juan Pablo II está dispuesto a recorrer el camino del hombre moderno, el camino de la experiencia humana, a condición de que se le permita empezar por su verdadero núcleo: el asombro ante la revelación del amor.
Carl A. Anderson y José Granados
Extracto: Llamados al amor, Teología del cuerpo en Juan Pablo II,Monte Carmelo, Burgos 2011, Introducción Punto 2.
2011-07-26
EL PRINCIPIO DEL ASOMBRO
La cascada cae por su propio peso, que la conduce al río, la ensancha en el gran delta, la imbuye en el océano. Pero al hombre no le es suficiente dejarse llevar, siguiendo surcos ya trillados. Necesita saber cuál es el sentido, la meta final adonde todo avanza. Y ha de averiguar cómo dirigir él mismo sus pasos hacia ella. .. Lanza al aire una pregunta que, como un bumerang, regresa hacia él. “Mundo, ¿dónde te encuentras conmigo?”, dice Karol Wojtyla. ¿Cuál es el sentido de mis pasos por la vida? Lo mismo había confesado ya San Agustín: “me había convertido para mí mismo en una gran pregunta”.
Es cierto que la experiencia humana hace surgir en el hombre la pregunta por su propia identidad. Y también que esa pregunta le supera infinitamente. ¿Cómo no desesperar entonces ante tal enigma? La pista hay que buscarla en el mismo punto de partida de la ruta del hombre. La diferencia entre el ser humano y los animales no reside primeramente en la capacidad de hacerse preguntas. Hay en el hombre, según Juan Pablo II, algo anterior al interrogante sobre la propia vida. Es algo que precede su misma búsqueda de identidad y destino y le permite estar seguro de que la pregunta no es acertijo indescifrable.
He aquí la respuesta: el umbral que la creación cruza en el hombre no es en primer lugar la capacidad de hacerse preguntas, sino la apertura a la admiración y el asombro. Que este asombro tenga la primera palabra cambia de raíz todo el sentido de la búsqueda. Alguien llega a casa y halla un regalo inesperado de un amigo o familiar. No sabe el porqué de este presente y empieza a buscar la razón. ¿Es su cumpleaños? ¿Tiene hoy algo importante que celebrar? ¿Ha hecho algo singular por su amigo? Se trata del amor del amigo, que se manifiesta en su regalo. Por eso, sin saber todavía el porqué de lo sucedido, se conoce ya el marco de la explicación: una amistad, una comunión ofrecida. La pregunta ahora no paraliza ni infunde deseos de escapar, sino que abre horizontes, nuevas posibilidades de crecer en el amor. La tarea de entender el porqué queda llena de sentido desde su origen, mucho antes de que se atine a formular una respuesta.
Es decir, al hombre le surgen preguntas no porque le falte sentido sino porque el sentido sobreabunda. De este modo puede estar seguro de que hay una respuesta, aunque sepa también que esa respuesta no puede alcanzarla solo y que siempre superará sus expectativas. En vez de obstaculizar su ruta, el asombro es una fuerza que le sostiene y mueve hacia delante, como si marchara llevado por la corriente de un caudaloso río.
Decir que el mundo es misterioso es confesar que está lleno de un sentido tan pleno que es imposible abarcarlo con nuestra mirada. El misterio se refiere a la gran riqueza de la realidad, siempre capaz de despertar el asombro: asombro ante un rostro humano singularmente querido, ante una bella puesta de sol en los páramos castellanos, ante el amor que otros nos mostraron con sus obras… El hombre es una gran pregunta porque experimenta su vida como un gran misterio, un misterio que despierta el asombro.
Carl A. Anderson y José Granados₁
₁ Extracto originado en la obra de Carl A. Anderson y José Granados Llamados al amor, Teología del cuerpo en Juan Pablo II,Monte Carmelo, Burgos 2011, Introducción Punto 1
2011-07-19
En el corazón de cada hombre existe el deseo de una casa
Amigos míos, en el corazón de cada hombre existe el deseo de una casa. En un corazón joven existe con mayor razón el gran anhelo de una casa propia, que sea sólida, a la que no sólo se pueda volver con alegría, sino también en la que se pueda acoger con alegría a todo huésped que llegue. Es la nostalgia de una casa en la que el pan de cada día sea el amor, el perdón, la necesidad de comprensión, en la que la verdad sea la fuente de la que brota la paz del corazón.
Es la nostalgia de una casa de la que se pueda estar orgulloso, de la que no se deba avergonzar y por cuya destrucción jamás se deba llorar. Esta nostalgia no es más que el deseo de una vida plena, feliz, realizada. No tengáis miedo de este deseo. No lo evitéis. No os desaniméis a la vista de las casas que se han desplomado, de los deseos que no se han realizado, de las nostalgias que se han disipado. Dios Creador, que infunde en un corazón joven el inmenso deseo de felicidad, no lo abandona después en la ardua construcción de la casa que se llama vida.
Amigos míos, se impone una pregunta: "¿Cómo construir esta casa?". Es una pregunta que seguramente ya os habéis planteado muchas veces en vuestro corazón y que volveréis a plantearos muchas veces. Es una pregunta que es preciso hacerse a sí mismos no solamente una vez. Cada día debe estar ante los ojos del corazón: ¿cómo construir la casa llamada vida? Jesús, cuyas palabras hemos escuchado en el pasaje del evangelio según san Mateo, nos exhorta a construir sobre roca. En efecto, solamente así la casa no se desplomará.
Pero ¿qué quiere decir construir la casa sobre roca? Construir sobre roca quiere decir ante todo: construir sobre Cristo y con Cristo. Jesús dice: "Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que construyó su casa sobre roca" (Mt 7, 24). Aquí no se trata de palabras vacías, dichas por una persona cualquiera, sino de las palabras de Jesús. No se trata de escuchar a una persona cualquiera, sino de escuchar a Jesús. No se trata de cumplir cualquier cosa, sino de cumplir las palabras de Jesús.
Construir sobre Cristo y con Cristo significa construir sobre un fundamento que se llama amor crucificado. Quiere decir construir con Alguien que, conociéndonos mejor que nosotros mismos, nos dice: "Eres precioso a mis ojos, ... eres estimado, y yo te amo" (Is 43, 4). Quiere decir construir con Alguien que siempre es fiel, aunque nosotros fallemos en la fidelidad, porque él no puede negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2, 13). Quiere decir construir con Alguien que se inclina constantemente sobre el corazón herido del hombre, y dice: "Yo no te condeno. Vete, y en adelante no peques más" (cf. Jn 8, 11). Quiere decir construir con Alguien que desde lo alto de la cruz extiende los brazos para repetir por toda la eternidad: "Yo doy mi vida por ti, hombre, porque te amo".
Por último, construir sobre Cristo quiere decir fundar sobre su voluntad todos nuestros deseos, expectativas, sueños, ambiciones, y todos nuestros proyectos. Significa decirse a sí mismo, a la propia familia, a los amigos y al mundo entero y, sobre todo, a Cristo: "Señor, en la vida no quiero hacer nada contra ti, porque tú sabes lo que es mejor para mí. Sólo tú tienes palabras de vida eterna" (cf. Jn 6, 68). Amigos míos, no tengáis miedo de apostar por Cristo.